Que los principales responsables de las más importantes compañías de Hedge Funds se hayan reunido en Nueva York para preparar un ataque al euro nos debería preocupar tanto o más que si lo hubiera hecho Bin Laden y sus lugartenientes en algún indeterminado enclave del AfPak. Y sin embargo, aparentemente, no lo hace. No se considera como un peligro comparable cuando, en realidad, su poder de devastación para nuestro bienestar y porvenir es mucho más poderoso que el que supone la amenaza terrorista.
Los hedge funds son seguramente los instrumentos más peligrosos y amorales que ha creado el mercado financiero. Los mercados financieros, en su concepción original, cumplen con una función económica básica: la de poner en contacto al ahorrador con el inversor y a éste con la economía real: las empresas que buscan financiación. Es lo que ocurre en los mercados primarios de colocación de títulos y obligaciones. Los mercados secundarios, en cambio, pierden ya parte de ese carácter aun cuando son igualmente necesarios para dotar de liquidez al sistema y así atraer a más ahorradores. Además, conserva parte del espíritu original por cuanto a través de los dividendos se liga la marcha de la economía real con la financiera. Sin embargo, la manera en la que operan los hedge fonds ha perdido todo contacto con la economía real salvo por las consecuencias que sus movimientos pueden llegar a provocar.
Los hedge funds son instrumentos financieros de alto riesgo y de carácter especulativo. Caso de actuar de manera coordinada y colocar (apostar) cantidades masivas de dinero contra el objetivo que persiguen, dejan de ser agentes pasivos de la operación para transformarse en factores de cambio que hacen más factible el resultado final que pretenden, rompiendo así una de las reglas de funcionamiento de los mercados de competencia perfecta: el ser precio aceptante.
Esta teoría ya la reveló George Soros en 1992 cuando apostó contra la libra; y ganó. Desde entonces, ha sido copiada en diversas ocasiones. Es el caso de la crisis asiática de 1997, ha vuelto a aplicarse contra Grecia hace unas semanas y parece que también está detrás de la caída de Lehman Brothers. Para que funcione, únicamente se requieren dos elementos básicos: identificar el eslabón más débil del sistema y movilizar grandes cantidades de dinero. Algo que Soros sabe hacer muy bien, ya que es así como amasó el grueso de su fortuna.
Siendo esto un hecho conocido, estudiado y certificado como cierto, sorprende mucho que hasta el momento las autoridades no sólo no hayan sabido protegernos de este riesgo, sino que se observe una falta de voluntad real por la empresa. No se actua contra este riesgo financiero con la misma determinación demostrada en la lucha contra el riesgo que supone el terrorismo internacional: acciones preventivas, recortes de libertades en pos de una mayor seguridad o, más anecdótico, los famosos escáneres corporales. Más al contrario, Soros y sus alevines siguen operando con total impunidad, siguen dando conferencias y aleccionándonos sobre las debilidades de nuestro sistema económico, aun cuando los efectos que sus operaciones provocan sean de una magnitud comparable a aquellos que provoca el terrorismo.
Las acciones de Soros y su grupo a través de los hedge funds tienen un carácter subversivo con el añadido del lucro personal. Su objetivo es doble: por una parte, la búsqueda de enormes beneficios en favor de una minoría; por otra, demostrarnos, cínicamente, las debilidades de un sistema del que ellos mismos se aprovechan. Así, sus operaciones se dirigen contra el eslabón más débil del sistema, reciclando para el ámbito económico las deleznables teorías del darwinismo social que, inter alia, se utilizaron para justificar el imperialismo de finales del siglo XIX.
Y ello, a costa de provocar o catalizar la caída de países enteros, llevando al sufrimiento a millones de personas que ven perder sus ahorros, sus empleos, sus perspectivas de vida, su futuro. Esto a su vez genera revueltas sociales que hacen tambalear gobiernos y, por qué no, incrementan el riego de conflicto bélico. No nos quepa duda que los movimientos de estos individuos son más peligrosos para nuestro futuro y nuestro bienestar como sociedad que cualquiera de las acciones que hasta ahora haya realizado el grupo de Bin Laden.
Por todo ello, la actuación de Soros y compañía a través de los hedge funds se ha de considerar tan peligrosa como la de Al Qaeda. Los dos pertenecen a ese género de riesgos globales que han nacido al calor de nuestro modelo de civilización y que la amenazan con sus acciones de igual manera. En consecuencia, la lucha contra unos y otros ha de tener, al menos, igual firmeza.
En consecuencia, se requiere la coordinación y concertación de autoridades nacionales para hacer frente a este terrorismo financiero transnacional. Se hace más necesario que nunca la existencia de un regulador mundial (¿qué salga del G20?) que defina las reglas que eviten la actuación concertada de estos individuos (de igual modo que se lucha contra la colusión de precios en el ámbito de la competencia). Así mismo, se han de establecer medidas de anticipación y vigilancia para evitar la aparición de nuevos riesgos de similar naturaleza.
En suma, se impone que alguien se vuelva a subir al acorazado Aurora y ponga fin a las actividades subversivas que estos individuos realizan desde su Palacio de Invierno en Wall Street, en aras de devolver el mercado financiero a lo que es su función original: un instrumento de crecimiento y no de inestabilidad.


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