En la fase final de la II Guerra Mundial se convocó una conferencia internacional en la localidad de Bretton Woods, para diseñar el orden económico mundial que habría de regir al final de la contienda. Sus precursores fueron los EEUU y Gran Bretaña. La pujanza económica de EEUU le permitió definir el carácter de lo que allí se decidió: el impulso a la libertad de comercio basada en una moneda fuerte que actuase como divisa internacional, el dólar.
De Bretton Woods salieron dos instituciones, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial con un objetivo principal de promoción del comercio internacional. Para ello, debían facilitar las necesidades de financiación que pudieran requerir los Estados y evitar así cualquier deriva proteccionista antes situaciones de crisis. Hoy es un lugar común afirmar que ambas instituciones son las que han gobernado el sistema económico mundial hasta el presente. Pero lo cierto es que hace tiempo que ya no es así.
En los últimos años el FMI y el BM han sido muy criticadas, acusadas de seguir directrices económicas neoliberales, como Argentina bien puede certificar. A pesar de ello, no creo que se les deba culpar del actual descalabro financiero mundial. La razón es que el marco en que la crisis se está produciendo cae fuera del ámbito propio en el que pueden actuar ambas organizaciones. Si son responsables de algo, no es de inoperancia sino de falta de capacidad real para actuar en la presente arena financiera. La crisis actual no tiene su raíz en las dificultades de los Estados sino en las actuaciones de poderosos actores económicos transnacionales. El FMI y el BM tienen instrumentos para los Estados pero no para actuar sobre esos actores.
De la mano de la desregulación comercial y favorecida por el auge de las comunicaciones instantáneas, los intermediarios financieros han desarrollado una muy amplia gama de productos y servicios en ausencia absoluta de regulación internacional solvente. Entre Estado y Estado, entre territorio y territorio de este planeta, se ha dado una “nada” que estos actores han aprovechado para desarrollar, sin limite aparente, todo tipo de productos financieros, muchos incluso de dudosa naturaleza.
La falta de regulación efectiva se ha pretendido suplir con una promoción de las buenas prácticasy una confianza en las bondades de la mano invisible. Sin embargo, no tengo claro que Adam Smith, en el momento de formular sus tesis, valorara correctamente cuanto de grande puede llegar a ser la ambición y la avaricia humana. El resultado de ello ha sido la multiplicación ad infinitum (y más allá) de productos financieros de alto riesgo y un endeudamiento sin precedentes de buena parte de los operadores financieros (léase ambición y avaricia sin igual).
Hoy esto se ha de enderezar, pues en última instancia afecta a la economía y la sociedad real: retracción del consumo, ralentización de la producción económica, paro y conflicto social.
La reunión del G20 del próximo 15 de noviembre en Washington pretende ser la primera de otras en las que se refunde el orden económico mundial sobre bases más firmes. Y esta ya no va a ser una reunión anglófona (lingüística y económicamente hablando).
La Unión Europea estará en la reunión y está llamada a ser una de las voces definitorias de próximo orden económico. La UE debe cerrar filas y proponer un modelo de coordinación mundial, que de alguna manera se inspire en los principios y mecanismos que ya rigen las relaciones entre sus miembros. No es el momento de aventuras en solitario porque si algo ha quedado demostrado en las últimas semanas, es que el estar en esta crisis sin el paraguas de la UE es algo que muy pocos países europeos se pueden permitir. Suiza puede ser uno de ellos que no Islandia, que ha tenido que recurrir a fondos soberanos rusos para ir saliendo a flote, y ya veremos donde termina. La gobernanza económica mundial necesita de recetas europeas.
España va a estar en esa reunión. Los motivos son claros. Más allá de su posición en uno u otro ranking económico, existen elementos objetivos que la legitiman para estar allí. Uno es la solidez de nuestro sistema regulatorio, alabado por diversas instancias. Otro, la fortaleza internacional de dos de nuestros bancos, Santander y BBVA, con modelos de crecimiento que parecen distar mucho de los que han seguido esas otras entidades que nos han llevado a la situación actual. No hay que olvidar tampoco el volumen de inversión directa real (IDE), que no financiera, que se realiza desde España y que supone una fuente de creación de riqueza que contrasta con la especulación del modelo financiero que ahora está naufragando.
En suma, son muchos los valores que desde Europa y España se pueden aportar al sistema que ha de nacer a partir de esa reunión. Incluso, siendo osados, por qué no proponer que la conferencia que defina ese nuevo orden económico del siglo XXI se celebre en Europa. ¿Por qué no proponer que se haga en León?. Ánimo.


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